Con más de 25 años de trayectoria, Pablo ‘Colo’ Barada es uno de los referentes del tatuaje argentino, principalmente en el estilo Japonés. Y es reconocido tanto por colegas nacionales como extranjeros, que además eligen tatuarse con él.

En tiempos de exposición sin precedentes para el tatuaje y los tatuadores, aprovecha esa visibilidad para compartir sus conocimientos. “Este oficio me dio mucho, por eso doy más consejos sobre cómo cuidarlo y respetarlo que sobre cómo tatuar”.

Pablo Barada

A pesar de su legítima autoridad para hablar sobre tatuajes, el Colo no asume el papel de deidad incuestionable que encandila como un rayo de sabiduría desde el Olimpo del tattoo. “Nunca me creí nada. Incluso tardé en asumir que el reconocimiento era real. Pero me di cuenta de que tenía algo para decir a partir de mi experiencia”, asegura.

En realidad, Pablo tiene mucho para decir. Así que por un rato suelta la máquina y repasa temas como la satisfacción que causa desarrollar un estilo propio, el placer de trabajar con libertad y el compromiso de tatuar con responsabilidad.

La autenticidad de sus palabras brota desde un sentimiento que perdura desde los primeros pinchazos: “El tatuaje surgió en mi vida como pasión. Veía a los skaters de Estados Unidos que estaban tatuados y quise hacerme uno. Después un amigo me convenció para que empezara a tatuar”.

Con ese impulso, y antes de cumplir 20 años, ya se había equipado para arrancar. Pero había un detalle: tenía todo, menos un cliente. Y su mamá, sin relación alguna con el mundo tattoo pero testigo del esfuerzo de Pablo, le dijo: “Tatuame a mí”.

Las primeras enseñanzas fueron cortesía del Gallego Vicente, un argentino que vivía en Barcelona. “El tema se puso serio a los tres años, cuando fui a Italia y pude ver en persona a los tatuadores que acá conocía por revistas”.

A partir de esa experiencia empezó “a pulir los tips de Vicente y trazar líneas que quedaran, porque antes se me borraban todas. Entendí cómo manejarlo. No me desanimé y seguí intentando hasta que aprendí a pinchar bien”.

Dicen que el tiempo destruye todo. Y en algunas actividades suele debilitar la pasión original, ya sea por la rutina o la falta de desafíos. Pero con Pablo ocurre todo lo contrario: “Nunca sentí la obligación de que me gustara, por eso es una pasión. Con pocas cosas me pasó eso. Y el tatuaje es una de ellas”.

Esa pasión, además, parece tener un efecto de contagio que derivó en una tradición familiar. De cinco hermanos Barada, tres son tatuadores. Y Pablo fue quien inauguró esa dinastía.

Estilo Barada

Mientras mejoraba su técnica, Pablo veía que con cada tatuaje iba definiendo algo fundamental: el estilo Barada. “Había identificado adónde quería llegar. Cómo mis tatuajes tenían que verse a futuro”.

Y con el tiempo “logré lo que busca todo tatuador más allá del estilo que haga: que su trabajo hable de él. Eso siento cuando alguien ve un tatuaje mío y dice ‘es un laburo del Colo’. Es lo más difícil de lograr. Quizás no te lo proponés conscientemente, pero existe la búsqueda incansable, apasionada y constante”.

Para Pablo, un tatuador puede crear o reproducir, pero la clave es desarrollar esa marca personal, distintiva. “En cierta forma, el estilo Japonés implicar hacer nuevas versiones de temas ancestrales. Si la reproducción es buena, genial. Pero si agregás un estilo propio que te permite ser reconocido, ya está. Un aplauso”.

Pero a pesar de esa referencia, Pablo evita inflar las aspiraciones artísticas que suelen coquetear con el tatuaje: “Me siento un artesano que pulió bien el oficio. Ni artista, ni inventor ni creador”.

Libertad y responsabilidad

La marca registrada de Pablo Barada no sólo alimenta el reconocimiento de tatuadores y fanáticos del tattoo. También tiene un valor agregado que le permite disfrutar de un elemento muy importante en su actividad cotidiana. “Lo más lindo del tatuaje es la libertad. Si sabés cuidarlo te pasan cosas lindas. Como que alguien te ofrezca su brazo y te diga ‘tatuame lo que tengas ganas de hacer’”.

Y al igual que los poderes del Hombre Araña, este talento demanda una gran responsabilidad: “Si bien esa libertad no existe en otro trabajo, la confianza ciega del cliente exige responder con responsabilidad. No hace falta creerse Salvador Dalí, pero el tatuaje tiene que ser excelente”.

Pero ya hablamos demasiado y Pablo tiene que seguir tatuando. Antes de despedirnos, deja una sentencia acerca de la toma de decisiones al momento de aceptar trabajos quizás no del todo estimulantes. Siempre en base a las experiencias que vivió a lo largo de su carrera.

“Está bueno poder elegir, pero no da negarse a hacer algo. Siempre hay que darse al 100%. Veinte años atrás, en invierno, si no hacías un tribal o lo que te pidieran, no morfabas”.

“Me di cuenta de que tenía algo para decir”, había dicho Pablo al repasar su crecimiento profesional. Por eso no sorprende que comparta un último consejo a modo de conclusión: “Respeto hacia el oficio y los que te prestan su cuerpo para tatuar lo que tengas ganas”.

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