“En el tatuaje encontré la manera más divertida de crear y brindar algo copado a la gente que elige mi trabajo”, define el tucumano Ramiro Blanco Gamboa desde su perfil de Facebook.

Dedica doce horas diarias al tattoo, y lo considera tanto un trabajo como un hobby que le genera satisfacciones tanto a nivel personal como profesional. “Como decía mi viejo, el día que empezás a hacer lo que te gusta, es el último día que trabajás. Por eso lo disfruto y lo siento como el mejor trabajo del mundo”.

Ramiro Blanco Gamboa

Ramiro lleva once años tatuando. En Tucumán estudiaba artes plásticas pero no tenía muchas expectativas profesionales. Y ante la sugerencia de un amigo que conocía su talento para dibujar, probó con el tattoo.

A partir de ese momento selló para siempre su amor por el tattoo y su carrera se disparó a toda velocidad. “Fue algo casi inmediato. Pasé de pinchar el cuero de chancho a tatuar una persona en cuatro horas. Y me encantó”.

Ramiro no sólo estaba fascinado por las dimensiones técnicas y creativas del tatuaje, sino también por la experiencia social que representaba. “Está bueno porque interactuás con alguien, usás tu cabeza y la del cliente para crear. Me resulta más divertido que pintar un cuadro. Eso lleva más tiempo y no sabés para quién es”.

El sueño del pibe

Las jornadas de tattoo de Ramiro transcurren en Homeless Tattoo Club, proyecto del cual es uno de los fundadores y que define como “el sueño del pibe”.

 

Antes de eso, acumuló años de experiencia en locales comerciales que lo capacitaron para realizar distintos estilos. “Trato de hacer lo que me gusta, pero siempre privilegiando lo que quiere el cliente”.

Acerca de la marca personal que busca dejar en sus trabajos asegura: “No tengo estilo definido. Me gustan mucho el Japonés, el Tradicional y el Neotradicional, trato de hacer un popurrí remixado de todo eso”.

 

Crecer y compartir

Con el respaldo de esos pergaminos, se reconoce afianzado como profesional y como artista. Pero lejos de estancarse, día a día su espíritu inquieto sigue siendo el combustible de su evolución.

 

“Empiezo por la autocrítica, que sirve para mejorar y afinar los procesos”. Los resultados de esa voluntad de superación se notan en sus creaciones y se comprueban en una reputación que los clientes reconocen.

Otros recurren a él atraídos por los trabajos que publica en sus redes. Pero explica que eso “puede ser un arma de doble filo. Si justo hice algo de Realismo, que no me gusta tanto, quizás vienen a verme para hacer algo así. En ese caso busco la vuelta para agregar elementos que lo hagan más original, y lo disfrutamos todos”.

 

Disfrutar. Esa es la premisa que rige la carrera de Ramiro desde que decidió cambiar los pinceles por las agujas. Y también perdura esa motivación que lo lleva a compartir su arte con los demás, tanto clientes como colegas. “Es muy inspirador trabajar con otra gente. Compartir es la clave”.


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