Hugo Hab. (Crédito: Facundo Azócar).

“Me encanta el estilo Japonés –principalmente la época de los ‘60 y los ’80-, y es lo que estudio. Pero no diría que ‘hago tatuajes japoneses'”. Así se presenta Hugo Hab, uno de los creadores de Good Times Tattoo Parlour, que empezó a tatuar en 2005 y se desarrolla en este estilo desde 2010.

“Creo que los únicos que pueden hacer Japonés auténtico son quienes nacieron en esa cultura. Y también las personas que se relacionan fuertemente a nivel vivencial con ese mundo. Hay colegas que hacen el esfuerzo de vincularse con familias de tattoo en Japón y terminan formando parte de ellas después de muchos viajes y trabajo. Eso tiene mucho mérito. La densidad cultural del tattoo japonés es tan profunda que solo ellos logran trasladar todo ese folklore a un diseño”.

Un shock estimulante

A pesar de la complejidad que conlleva, es posible trazar un camino propio en el mundo del Japonés. Hay que abordarlo minuciosamente e identificar los elementos y las dimensiones que no se aprecian en la superficie pero que son fundamentales para contar historias. En el caso de Hugo, que estudia cada regla y cada detalle antes de implementarlo en un tattoo, esa modalidad de trabajo resulta ideal.

Cuando todavía exploraba el estilo Tradicional, intentaba pulirlo para que el resultado final no fuera tan duro o rígido. Tatuaba seguido en San Pablo, Brasil, donde vivió un punto de quiebre definitivo: su primer encuentro cercano con un cuerpo cubierto enteramente por un único tatuaje en estilo Japonés.

“Fue lo más shockeante que me pasó. No sabía qué quería decir, ni qué significaba el contexto que lo rodeaba, nada. Pero me rompió la cabeza visualmente y me movilizó. Esos tattoos tienen ese efecto”. Y así arrancó su relación con el Japonés.

Había que pasar a la acción. Práctica permanente con mucha prueba y error y la necesidad de superar una barrera decisiva: “Quizás una flor me salía bien. Pero lo más difícil del Japonés son los fondos. Un personaje –pez, dragón, etc.- es un personaje, pero la clave es el todo, y lo que eso representa. El personaje no está aislado. Forma parte de un acontecimiento que estás relatando, con un cuándo y un dónde. Entonces, cuando hacés una mediamanga o algo grande, te preguntás qué estás contando y por qué”.

La combinación entre esos elementos y la manera de aplicarlos es un proceso dinámico que desemboca en un resultado concreto: el tatuaje. En esa instancia, a Hugo le gustaría que las representaciones que hace esos personajes y sus historias demuestren su evolución.

“Es prácticamente imposible llegar al nivel de los clásicos, por lo cual no apunto a imitarlos. Los estudio estética y conceptualmente, y me apoyo en esas referencias para hacer nuevas versiones. La búsqueda es que se vean correctas y eso lleva mucha práctica”.

Conocimiento compartido

Con el fin de adquirir el conocimiento necesario para manejar elementos relacionados con el origen y significado de las historias clásicas que elige dibujar (que representan sacrificio, protecciones, fortaleza, etc.), Hugo se dedicó a estudiar e interactuar con el material disponible, invirtiendo en libros y visitando estudios en San Pablo.

Hoy sigue estudiando porque “de esa manera puedo entenderlas mejor y saber si mi enfoque es el adecuado o no. Yo no dibujo sólo para tatuar, sino también para entender cómo hacía y llegaba a esto el maestro japonés que estudio”. Hugo elige estudiar su trabajo en vez de tomar elementos de distintos referentes porque de esa manera se enfoca en la coherencia que existe entre las estéticas de los fondos, las flores, los personajes… Si abordara trabajos de varios maestros, la variedad de estilos, fluidez y texturas, entre otras variables, atentaría contra uniformidad en la estética general del tatuaje.

Pero Hugo no se guarda ese conocimiento para beneficio propio. Como parte del proceso de contar las historias ancestrales en forma de tattoo, invita a sus clientes a asomarse a ese mundo. “Es mi responsabilidad contarles que es un estilo muy antiguo, compuesto por una carga cultural, histórica y sociológica muy profunda. Estar al tanto de eso es clave para decidir si quieren llevar ese diseño toda su vida o no. Quizás traen una imagen o un personaje que vieron en algún lado, pero si entienden lo que representa, su valor simbólico y se terminan enamorando de la poesía que tiene detrás, mucho mejor”.

¿Objetivos? No, gracias

En paralelo a sus sesiones cotidianas, y como todo tatuador en crecimiento, Hugo se enfoca es aspectos que pueden ir mejorando su estilo. Pero advierte que establecer ciertas prioridades puede ser contraproducente: “Si definís un objetivo te terminás nublando, porque te enfocás mucho en eso. Y si en algún momento sentís que llegaste ¿qué vas a hacer después? Por eso prefiero no pensar en el objetivo final y hacer lo que hay que hacer”.

En el caso de Hugo, lo que “hay que hacer” es dibujar todas las historias de los personajes del folklore japonés. Sabe que se trata de una epopeya irrealizable, pero eso lo mantiene motivado. “Pinté muchos y me faltan miles. Probablemente no me alcance toda la vida para hacerlos, porque hay personajes que tienen 40 o 50 versiones. Me gustaría hacer por lo menos 20. Y si hay mil personajes son 20 mil. Pero hay que hacerlo”.

Tal como dice Hugo, hay muchas cosas por hacer. Mientras tanto, se mantiene enfocado en representar cada vez mejor a esos personajes y las historias que protagonizan. Busca la belleza en cada tattoo, sobre todo si es un cuerpo entero. “Lo más gratificante para mí es hacer un tatuaje de todo el cuerpo. A veces lo que empieza como una manga se extiende a los dos brazos y luego se conecta con la espalda. Y así se convierte todo en la misma pieza”.

No sabemos si esos tattoos reviven el shock que Hugo sintió aquella vez en San Pablo. Pero seguramente, y a partir del camino recorrido, aprovechará esos estímulos no solamente para alimentar su curiosidad, sino también para trazar versiones de los personajes que admira con la misma pasión que hace 10 años.